El verdugo de Sevilla EBOOK Casi sainete en tres actos

El verdugo de Sevilla
  • Spaanstalig
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  • september 2020
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Samenvatting

Reír nos enoja, reír nos desfigura el rostro, reír no es elegante; he aquí la formula consagrada por ese pseudo-elegante snobismo que convierte a los autores más finos en maniquíes gesticulantes por el resorte de la pose y a los críticos más austeros en majaderos impenitentes... Flota en el ambiente esa formula; se va propagando por ahí como una consigna. Y así; cuando entráis en un Teatro, en noche de estreno, veis a los personajes de la sala, no del escenario, adoptando una actitud sustancialmente falsa: la actitud de hombres graves, disciplentes y superiores. Quien frecuente los teatros de Madrid podrá observarlo; la actitud de los espectadores es en la mayoría de los casos más histrionica que la de los figurantes. Vedles enfáticos, retrepados en su butaca, afectados en sus gestos, pretendiendo juzgar dogmática e inapelablemente de la obra estrenada. Se sientan en la butaca con la gravedad doctoral conque ocuparían una cátedra de Cánones. El público de los estrenos es el más recusable de todos; el éxito o el fracaso de una obra se decide al día siguiente de su estreno. La mitad de ese público está compuesto de hombres de letras y de prensa, enemigos mordaces del autor, que desearían desollarle vivo, y la otra mitad de profesionales del estreno... (Advierto a los lectores que no lo sepan que yo no he estrenado jamás, ni aún llevo rumbos de estrenar; mis frases no pueden ser hijas del despecho.]


Hay dos clases de espectadores indeseables: aquellos que creen que el pago de la butaca les da derecho a la protesta ruidosa, pedestre o abucheadora (como si el pago, no de una butaca, sino de doscientas butacas, diera ningún derecho a exteriorizar la mala educacion), y aquellos otros solapados e hipocritas que ríen, ríen, durante una o dos horas, gozan al parecer con la obra comica y luego incurren en el burdo sofisma de decir, despectivos: ¡Qué estupidez! ¡Qué gansada!


Si observáis su facies, grave y dogmática, y el aire de suficiencia conque profieren estas frases, considerando la obra como cosa ligera y de poco momento, creeríaseles hombres doctos, versados en letras humanas y aun divinas, duchos en la experiencia del arte escénico y capaces de componer, si a ello se pusieran, el Hamlet Prince of Denmark o el Hernani, de Víctor Hugo; obras que marquen una época en la historia del teatro, obras revolucionarias e innovadoras. Pues no hay tal, mis amigos; son pobres diablos, muy honorables por lo demás, emanados de humildes y laboriosas clases mercantiles o de profesiones liberales que no tienen que ver con el teatro y son incapaces, no ya de concertar una escena teatral, sino aun de sacarse de la cabeza un retruécano cien veces inferior al nivel de los que esmaltan la obra. No habría sino hacer la prueba; cuando salen del teatro, sonriendo despectivamente de los autores, de su obra y hasta de todo el género teatral a que pertenece, debiera el autor surgir de una butaca como por ensalmo e invitarles amablemente a pergeñar una sola escena de una comedia futura. 'Ahora usted se va a casita (debiera decirles el autor) satisfecho por haber pasado bien el rato, pero convencido de que el autor es un ganso incapaz de nada serio; ¿por qué no prueba cualquiera de ustedes, en la soledad de su gabinete, a preparar una obrita que les pueda dar, si no honra, porque ya verá usted como le despellejan y torturan, a lo menos provecho, que es lo que a ustedes más puede interesarles...? Digo esto porque si yo visitara una fábrica de harinas de su propiedad o revisara los géneros de su almacén de coloniales, no se me ocurriría decir: Yo he pasado un buen rato admirando todas las maravillas de la industria y del comercio, pero ¡qué porquería todo lo que ahí hay! ¡Esas máquinas las monto yo mejor y esos géneros están todos averiados!...'


Ya hace tiempo que hice esta observacion, pero la he confirmado en estos días con motivo del estreno de El Verdugo de Sevilla en el teatro de la Comedia. La obra es sencillamente un modelo del género comico; una obra donde toda la comicidad brota de la situacion misma —lo que es el secreto y el ideal del género comico—. Los actores no necesitan hacer cabriolas ni piruetas, ni hay un viejo general que salta por un montante para delicia de unas muchachitas, ni una cocinera que brinca en paños menores para delicia de los muchachitos... como en otras obras pseudo-comicas.


Los personajes se producen discreta y sobriamente; son todos directamente arrancados de la realidad; la patrona (papel que desempeña discretamente la señora Cortés) es una clásica patrona madrileña con sus dos o tres historias indispensables; el usurero es un usurero como hay tantos, trazado en cuatro rasgos; Talmilla (tan sentido y tan bien interpretado por el señor González) es el comico de provincias, afectado y envidioso; y Bonilla —del que el colosal Bonafé ha hecho una de sus más indiscutibles creaciones— es un tipo definitivo de 'pobre diablo'. La accion no puede ser más verosímil; nada hay en ella forzado ni fantástico; un pobre hombre, un inventor ilusorio, una especie de Silvestre Paradox en el teatro, viviendo de fantasías industriales y de crédito amatorio que le otorga noblemente D.ª Nieves, un pobre hombre mísero y bonachon como vemos mil en las calles de toda gran ciudad, a quien un usurero que quiere cobrarle 'aquel piquillo' (y que por cierto se lo recuerda muy oportunamente, y definiendo su tipo, al final del primer acto) le vende el favor de gestionarle una credencial; esta credencial pertenece (¿habrá quien diga que es inverosímil que haya credenciales en Gracia y Justicia?) al ramo de Gracia y Justicia y tiene por mision la de ser ejecutor de la última en Sevilla. ¿No tiene que desempeñar alguien la plaza de 'ejecutor de la justicia?'... ¿Y no es muy verosímil, dentro de la ironía, con que la Providencia ha dispuesto las cosas, que se dé en la realidad, no ya en la escena, el caso de un pobre hombre bondadoso, de instintos tan poco sanguinarios como Bonilla, que sea obligado a aceptar este papel tan ingrato por atender a su sustento?


Luego hay en la obra de los Sres. García Alvarez y Muñoz Seca algo que no ha visto crítico alguno; una enseñanza ética que 'vapor dentro', que se desliza discretamente a través de la obra, para que solo un espectador avisado lea entre líneas, la descubra... Esta enseñanza consiste en hacer palpable la paradoja y contradiccion que existe entre la fruicion con que la sociedad y la magistratura hacen justicia y el desprecio y el descrédito con que esa misma sociedad ¡y aun esa misma magistratura! miran al ejecutor de esa justicia. Hay una frase en el segundo acto, que vale por toda una tesis; es cuando Bonilla dice amargamente, al relatar su llegada a Sevilla: 'Lo que más me choca es que el Presidente de la Audiencia me recibio muy fríamente...' Notad que repite la frase para que el espectador la rumie bien; pero el espectador no se hace cargo de ella. ¡Ah, si la frase estuviese en una obra de tesis, de esas que a ciencia y paciencia del espectador se estrenan todos los días por esos teatros de Dios!... Pero, claro está que García Alvarez y Muñoz Seca no incurren en la cursilería de hacer tesis, de lanzar deblateraciones contra la justicia historica. ¡Oh, no, y Dios les libre de tamaño infortunio! Pero discretamente, y así al vuelo, al pasar, ponen frente a la sociedad un caso conico... que, cuando se medita bien al salir del teatro, hace llorar. La Condesa de Pardo Bazán ha hecho en La Piedra angular un estudio austero, una tesis novelesca, de la misma paradoja que los autores comicos señalan entre burlas y veras.


Quedamos, pues, en que la obra tiene un fondo moral innegable, no está sustentada a base de cabriolas y payasadas de los actores; los tipos son absolutamente realistas; aun los que más distantes parecen de nosotros por su cosmopolitismo, podemos observarlos a diario, como son la mujer de circo, tan primorosamente gesticulada y hablada por la gran actriz Adela Carbone, una de nuestras galas del teatro, que lo mismo se adapta a la elegante postura de condesa-cocotte en la Diane des Lys, de La Princesa Bebé, v. gr., que a esta pintoresca y alborotada Madame Perrín de El verdugo de Sevilla... o el tipo del domador Mr. Sansoni, en que sobresale la siempre acertada caracterizacion de Pedro Zorrilla.


La risa no brota en esta obra tampoco de los equívocos y retruécanos, a pesar de que haya algunos, muchos de ellos muy discretos, y alguno que otro de menor cuantía; la risa es suscitada pura y simplemente por las situaciones, que es el desiderátum de toda obra comica. Los Sres. García Alvarez y Muñoz Seca, consiguen mantener al auditorio en hilaridad constante; la situacion del pobre Bonilla, desde el comienzo al fin, es motivo suficiente de hilaridad, si a ella no diese pábulo la vis comica de Bonafé y el lenguaje engolado y grotesco de doña Nieves. ¡Ah!, otro dato muy interesante: la obra está elegantemente hablada y ya quisieran muchos autores de tesis, de esos que titulan sus obras pomposamente La ironía del Padre Eterno, o Ya no hay justicia en el mundo, o La melancolía de la jornada de ocho horas, o Lo que nos traen y nos llevan los trenes, escribir en ese siempre sostenido tono de buen castellano...


Y, sin embargo, al terminar El verdugo de Sevilla, que es (repito) modelo de obras comicas —y notad que por solo ser autor comico fue Mr. Scribe a la

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september 2020
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